Como uno lee por placer olvida que los clásicos lo son por algo. Ahora que acaba el 2009 y me dispongo a sobornar al 2010 con una botella de Ruinart, me impongo la tarea de escribir el último post del año y no pretendo dedicarlo a nada más original que a recomendarles mi mejor lectura de este año.
Pues bien: aunque, por lo que creía saber de él, lo tenia todo para repelerme -la escritura ampulosa, el manierismo pedante, el esteticismo decadente-, la palma, este año, se la ha llevado Monsieur Marcel Proust, con una historia de madalenas sobre la que ya no queda nada por decir, y no me pidan que añada mi granito de arena porque a estas alturas del año ya he trabajado bastante.
En busca del tiempo perdido es un título que presta a risa cuando uno sabe que se embarca en una odisea de 3000 páginas de las cuales muchas se componen a lo sumo de un par de frases y no escatiman detalles sobre la metafísica de la siesta y las propiedades cuánticas de la tisana.
A veces ha sido duro, muy duro. Pero cuando uno cree que va a tirar la toalla se percata de que está enganchado. ¿Porqué? No lo sé. Pregúntenselo a un crítico.
Dios aprieta pero no ahoga, reza el dicho popular. Así la muerte con Proust, que ya de niño estuvo a punto de fallecer de un ataque de asma, y que vivió con la clara conciencia de que no llegaria a viejo. Su obra es una carrera contra el tiempo y hay rendir homenaje a su coraje porque a pesar de ello jamás se permitió la más mínima prisa: despiadadamente lúcido, insobornablemente minucioso, no escribió frase que no apurara a la vez la experiencia sensorial del momento y todas las posibles interpretaciones intelectuales del mismo.
Proust dotó a su obra del aliento que el asma le arrebató a él. Por eso mi mejor lectura de 2009 tiene cien años.
Lean En búsqueda del tiempo perdido: no se arrepentirán.
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