Polanski_smallCuando Roman Polanski tenía 27 años rodó El gordo y el flaco, un cortometraje que narraba las humillaciones de un joven esclavizado por un gordo; el gordo lo obligaba a ejecutar todo tipo de piruetas para entretenerlo. Era divertido. Polanski interpretaba al joven.

Es una relación recurrente en sus películas, desde el marido pusilánime atosigado por el gángster en Cul de sac, pasando por la embarazada secuestrada por la pareja satanista en La semilla del diablo, hasta la escalofriante escena del pianista judío obligado a tocar para el oficial nazi en El pianista, esta última doblemente humillante pues está tocando para quien se digna perdonarle la vida -por interés, naturalmente-.

La ley del más fuerte y el empeño del Mal en jugar con nosotros al gato y al ratón con la certeza de saber que, cuando quiera, acabará despojándonos de nuestra poca dignidad y nos hará bailar al son más grotesco: ¿a quién puede extrañar que esas maldiciones embrujen el cine sulfuroso de Polanski?

Polanski vivió de niño el gueto de Varsovia, del que huyó por las cloacas.  Su madre murió gaseada en un campo de concentración. Años después, cuando parecía que el éxito, en Hollywood, lo había reconciliado con la vida, perdió a su mujer embarazada a manos de la secta de Charles Manson.

Hace treinta se acostó con una treceañera tras cebarla con champán y drogas: reconoció su culpa y llegó a un acuerdo con el tribunal, que prescribiría una pena ligera a condición de pasar por el psiquiátrico, donde resultó tan cuerdo que las autoridades psiquiátricas lo liberaron antes del mes previsto por el juez. Descubriendo entonces que el juez se disponía a incumplir el trato a que había llegado con las partes, se dió a la fuga.

Todo esto lo narraba muy bien el documental de Marina Zenovic Polanski: wanted and desired, estrenado el año pasado, del que no es absurdo suponer que haya espoleado el celo de la fiscalía de Los Ángeles. Venía, además, a subrayar la dicotomía cultural entre una Europa sensible a los matices del caso y al pasado de Polanski y una americana puritana, recelosa de sensibilidades particulares como las del “enano maligno”, morbosa y sensiblera en su cruzada por el honor perdido de una niña violada que a la postre no era tan niña y que se siente tan poco violada que hace años  que viene pidiendo a la justicia de su país que retire los cargos.

Lo dijo bien el ministro francés de Cultura: hay una América que amamos, como la ama Polanski; hay otra que da miedo: es la que, tras jugar con éste, hace treinta años, al gato y al ratón, acaba de encarcelarlo.

Y yo escribo sobre esto, aunque este blog vaya de libros y Polanski no sea escritor, porque muchas de sus películas son adaptaciones literarias que contienen más arte y sentimiento que el que muchos escritores ponen en sus libros: ahí están, sin ir más lejos, Tess, su Macbeth -¡Dios mío, su Macbeth!- o ese reciente Oliver Twist que tan bien refleja lo siniestro y desalmado de la puritana Inglaterra Victoriana -¿porqué me vienen a la mente, ante el arresto de Polanski, aquel Javert creado por un coétano francés de Dickens, y su despiadado ensañamiento en la persecución de Jean Valjean?-.

También escribo esto porque me apetece decir: dejadlo en paz. Libertad para Polanski. Polanski nos ha hecho soñar, y soñar nos hace libres: es justo corresponderle. Lo reclaman cineastas de todo el mundo en la petición que figura en la web de la SACD:  ya me figuro que no tengo ninguno por lector, pero si alguno se ha perdido en este blog, hágame un favor. Eche una firmita.

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