¿Se acuerdan de Enid Blyton, aquella señora inglesa que nos alegró la infancia con las estupendas aventuras del Club de los cinco? No sé qué leen los chavales de ahora pero me los veo más bien interesados por algún videojuego sadomaso japonés que en los castillos embrujados, los pasajes secretos y los barcos fantasma de la Sra. Blyton.
Los adultos son otra cosa: los adultos, ahora, queremos ser como niños, con cuarenta años nos vestimos en Springfield, llevamos en el iPod la misma música que nuestros hijos y alardeamos de entusiasmo ante las novelitas pueriles de Stieg Larsson o Dan Brown. ¡Bendita inocencia la nuestra, bendita frescura! ¡Y cuánto más barato que un lifting resulta dar palmas y lanzar grititos de entusiasmo ante las andanzas de Lisbeth Salander y Robert Langdon!
Aquí va un spoiler: ni El símbolo perdido, de Dan Brown, no merece una reseña.
Pero ya van tres artículos que le dedicamos, porque es un fenómeno comercial, lo cual quiere decir también un fenómeno mediático, a saber, un fenómeno del que todos tenemos que hablar ya y al mismo tiempo: el tema es lo de menos, pero deprisa deprisa. Véase si no el portentoso caso de Borders, que la víspera de la publicación del nuevo libro de Dan Brown encerró en una habitación de hotel a la Sra Anne Jones con una edición anticipada para que les brindara una reseña antes que nadie.
¿Y quién rayos es la Sra Jones, se preguntarán ustedes? Pues ni más ni menos que una campeona de speed reading, que es una de esas sandeces que en inglés parece que cuelan y que no les voy a explicar porque la pueden encontrar en Google. Baste decir que es como la fast-food aplicada a la lectura -vamos, una contradicción en los términos- o una especie de eyaculación precoz literaria.
A mí la cosa me hizo gracia y he decidido aplicarla. He aquí el resultado de mi fast reading de El símbolo perdido, para lo que pueda servirles:
El artefacto, como todos los de Dan Brown, es como una guía de viajes escrita por una panda de nerds aficionados a los juegos de rol, y su sentido de la puesta en escena lo deja más cerca del juego de la oca que del Club de los cinco, pero si les intriga saber de qué va baste decir que los ingredientes son los siguientes:
-El misterio de la Gran Pirámide, una simpática película producida por Spielberg en los ochenta
-la ciencia noética o como endilgarle un nombre pedante a las majaderías que ya vendió Rhonda Byrne en El secreto
-una novelita de masones como las Giacometti y Ravenne que publica sin pena DeBolsillo y que igual ahora empiezan a venderse
Brown muestra la afición a lo pintoresco de los escritores sin auténtica imaginación: si en El Código Da Vinci ponía en danza a un villano albino, aquí hay eunucos tatuados y espías moteados que padecen “vitilugo”. Se persiguen por los subsuelos de los edificios de Washington en busca de un secreto masónico que a la postre consiste en decir que hay algo de Dios en todos nosotros (a mí no me miren). Y prácticamente no hay capítulo que no acabe con un pueril cliffhanger del tipo “una figura acechaba impaciente en las sombras” o “descubrió, horrorizado, que algo lo miraba desde la cripta”.
¿Un consejo? Si quieren una de masones, léanse El péndulo de Foucault.
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One Comment
1 Juan de Salaberre wrote:
Sin comentarios. No he leído nada del tal Dani Moreno, excepto la primera frase, vomitiva, de su código para vendidos. La recuerdo, pero sin ninguna exactitud, sé que daba a entender que alguien corría “balanceándose” y al parecer acojonao. ¿O decía “huía” en vez de corría? No, eso habría sido un salto conceptual impropio de un tío como Dani Moreno: precisar, que no dar pistas, en la primera frase, ¿y luego cómo te leen la segunda? Estoy seguro de que el Moreo no se ha planteado esto. El simplemente… ¡María!, digo… ¡Vicente! No, el simplemente escribe como le sale y ancha es América, y el mundo controlado por sus imperios mediáticos. Eso sí, el acojonao corría, y aunque huyera, “balanceándose”, como si se columpiara en el parque. Esto es de concurso floral. Como veis me niego a hablar del Dani Moreno, porque no le he leído nada, aunque a veces basta con una frase para que cierres desesperao un libro, y jures, y no es pecado, que jamás volverás a leer nada de ese elemento.