No es oro todo lo que se edita y algunos autores inéditos tienen más que ofrecer que muchos autores consagrados. Ahí está, sin ir más lejos, mi amigo Julio César Díaz Gran, cuyos cuentos me recuerdan a Calvino y a Calders, pero con una socarronería muy suya que hoy me apetece compartir con ustedes. Aquí va uno de sus últimos cuentos: feliz lectura.

EL SILENCIO

Por Juio César Díaz Gran

violinDe nuestra llegada y partida del mundo sabemos  que el silencio nos precede y clausura. Más allá de su simbolismo, la idea de una música de las esferas expresa un inspirado desconocimiento. En el siglo XX, la ciencia ha manifestado la verdad, antes no intuida, de que los humanos compartimos con el universo una temporalidad finita; esta idea expande el silencio más allá de lo imaginable.
Me esfuerzo en recordar cuales fueron mis primeras impresiones auditivas; debieron de ser los zumbidos del corazón materno, un murmullo en si bemol como el que  Wagner intenta representar en el preludio al Oro del Rin, un rio profundo y oscuro que  fluye hacia  la vida.
Antes de ocurrir los hechos que justifican este relato, deseé el  silencio apasionadamente. Vivo en una ciudad ruidosa y ejerzo una profesión que me sumerge  en un estruendo. Ocupo el puesto de segundo viola, del tercer atril, de una orquesta sinfónica; tras de mí, suenan cuatro trompas, dos trompetas y una tuba. Soy músico de  orquesta, un especialista. Opino que la especialización es uno de los peores vicios de nuestra época. Cuando por azar,  se supera esta condición, surgen fenómenos interesantes como una generación de cantautores. Ello fue posible debido a la conjunción de poetas y músicos aficionados. Este milagro duró hasta que las exigencias del mercado los profesionalizó. Otro semejante fue el descubrimiento  de la música antigua por algunos cultos aficionados. Este movimiento criticaba el virtuosismo porque  primaba la calidad técnica más que la fidelidad al autor o la pureza del estilo. Pues bien, en la actualidad, la llamada música antigua, al profesionalizarse, vuelve a situar los criterios expresivos y estilísticos bajo el paradigma del virtuosismo, a este fenómeno yo lo llamo la “virtuositis”. Desde  mi lugar en la orquesta, he podido comprobar cómo los solistas demandan siempre tempos más vivos, es una competición que pierden la obra y  el público. He aquí los dos paradigmas de nuestra sociedad: el ruido y la velocidad. Yo prefiero los tempos lentos, cuasi  líquidos, donde, muy cerca del silencio, coinciden respiración y conciencia.
Debido al constante sonar de los Beatles, (las veinte y cuatro horas del día), en el piso de una vecina moribunda, tuve que mudarme a un ático totalmente insonorizado. Entendí y respeté su decisión, yo, cuando llegue mi hora, escogeré la  compañía de los cuartetos de Schubert.
Mi obsesión por el silencio tiene antecedente familiares. Mi madre era portadora de un aura de silente que podía ser pacífica o violenta, sus ojillos de miope, sin mediar palabra,  podían expresar la aprobación o la censura inapelable.
A mi padre, viajante de comercio, lo definían mejor las ausencias que las presencias. En sus últimos años, pasaba mucho tiempo en la azotea  manipulando una especie de barbacoa gigante con la que pretendía producir, a partir del carbón, purísimos diamantes. El diseño lo compró a un gemólogo polaco que frecuentaba su club. Los estallidos eran frecuentes, cuando esto ocurría, volvía a casa diciendo: “Estoy más cerca…, más cerca”.
Aunque sé que sólo la muerte concede el  silencio total,  mi vida ha girado en torno a su búsqueda. Mi pasión llegó a su culmine cuando me enamoré de Benilde, una bellísima  joven sordomuda que conocí en un parque sollozando bajo las acacias. Me senté a su lado y le pregunté qué  ocurría… ella intentó decirme con gestos que su gato había muerto, esto lo supe después. Para poder enamorarla, me matriculé en una escuela para sordomudos.
Antes de conocer a Benilde, casi todas mis aventuras fueron con mujeres mayores. Las jóvenes creen que  su juventud merece  todos los homenajes, lo que puede ser cierto, pero siempre llega a ser agotador. Las maduritas saben que tiene que aportar algo por su parte. A las mujeres hay que observarles, obviamente la mirada, pero no olvidar nunca que si los ojos son el espejo del alma, el cogote lo es del cuerpo. Una oposición entre nuca y mirada es señal inequívoca de neurosis.  Benilde poseía una mirada azul y una nuca suave  de exquisita carnalidad, unos pelillos irisados mostraban cierto descuido o la imposibilidad de evitar su aparición. Todo ello  me excitaba.
Hay mujeres que a media distancia son encantadoras pero difíciles a la corta, otras, son  lo contrario, Benilde era una excepción, tanto de lejos como de cerca conservaba su encanto. Creo que me enamoré de un misterio. ¿Cómo son los sueños sin palabras? ¿Cómo la brisa sin susurros? ¿Qué imágenes mudas  despliega una sordomuda durante la consumación? ¿Qué aromas, qué fantasías?
Vivimos juntos  dieciocho meses de ensueño, hasta que la ausencia de palabras agostó nuestra relación. El amor no puede sobrevivir en el silencio. Superada la etapa de furiosa sensualidad, apareció el carácter; descubrí que Benilde era maniática y religiosa. Cuidaba de tres gatos y cada sábado, me obligaba a asistir con ella a una misa oficiada por un cura sordomudo. Yo mientras el cura  gesticulaba, me entretenía contemplando el templo y sus imágenes de un barroco churrigueresco. El silencio tiende a ocupar todos los espacios y a promover el diálogo interior que llamamos pensamiento racional que, entre Dios o la verdad, prefiere la verdad.
Al cabo de un tiempo no pude soportar  más aquella absurda ceremonia bajo las miradas del crucificado y de su dolorosa madre. En ausencia del campanilleo de mi infancia, no sé si fue el silencio eucarístico o la presencia silente de Benilde lo que introdujo en mi mente una angustia desconocida. Poco a poco, mi vida fue virando del silencio al aislamiento.
Las moscas aparecieron, primero, en la cocina, eran pequeñas, insignificantes, casi graciosas, después por todo el apartamento; ya no eran pequeñas, si no gruesas e impertinentes, me recordaron las de mi infancia que cazaba y torturaba con esa crueldad infantil que tan bien ilustra la naturaleza humana.
Un día, creo que era domingo por la tarde, al verla muda leyendo una revista mientras las moscas paseaban por su pelo, tuve un ataque violento, creo que la agredí, recuerdo su mudo llanto, sus gruñidos y mi vergüenza. Recordé el texto de un grafiti: “Tu sombra te define” aquella violencia absurda era mi sombra. Nuestra vida en común se trasmutó en un purgatorio donde el miedo sustituyó al amor. Finalmente ella se fue con sus padres.
Hundido en la soledad y la melancolía, tuve la certeza de haber alcanzado la ira silenciosa de los ángeles caídos, sólo el ruido conseguía detener mis pensamientos. Desde entonces huyo del silencio como de una maldición, lo he suprimido totalmente y con él los pensamientos oscuros que tanto temo. En mi casa la televisión está permanente encendida, duermo y me despierto escuchando la radio, por las tardes voy a un bar que siempre tiene puesto el televisor y la clientela alza la voz.
He perdido el interés por el género humano y por la música. Me veo rodeado de ausencias: Mozart, Shakespeare, Leonardo, todos ausentes.  Sólo una cosa me intriga e interesa, la posibilidad que en el universo haya otra voz, otra forma de romper el maldito silencio cósmico. En el patio trasero de la noche estrellada existe una agrupación de cinco millones de usuarios de internet conectados a SETI@Home. Cada día,  nuestras computadoras paradas o apagadas, están ayudando a la búsqueda de inteligencia extraterrestre. Espero que otras formas de vida inteligente, hayan desarrollado formas más sabias de respirar en el silencio de sus mentes sin sombras agresivas.
Todo esto ocurrió hace algunos años. Ahora que mi existencia se aproxima al silencio definitivo, me inquieta la duda sobre si mi vida ha sido inteligible o una completa locura.  Después de mi partida, este texto será remitido por mi obediente ordenador a un número reducido de personas, tú eres una de ellas. Espero ser entendido y que el juicio póstumo sea, sino favorable, al menos benévolo.

(Este texto queda excluido de la Licencia Creative Commons del resto del blog. El copyright es de Julio César Díaz Gran)

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