Drieu ha pensado en el suicidio pero sabe que Dios paga tarde y mal. Además él no cree en Dios: lo dejó enterrado en las trincheras de Verdun, junto a tantos compañeros de armas y a su fe en la democracia.
Aún así la muerte lo ronda, coqueta, invitándolo al baile, y Drieu duda, con la frivolidad trágica del dandy que sabe que la Parca es una coartada póstuma para el escritor diletante.
Empezará por reclamarla para otros: los comunistas, los judíos, los corruptores de la patria francesa, los quiméricos artífices de la “puñalada por la espalda” tan explotada por Hitler. Pues Drieu La Rochelle pertenece a la infamia de las letras, desde que los ocupantes nazis lo pusieran al frente de la Nouvelle Revue Française.
No fue el único: Céline es el ejemplo ilustre que viene a la mente.
Drieu no es Céline: equiparable en infamia, no tiene su envergadura, su gamberrismo bronco, su descomunal resuello. No es un corredor de fondo, y su obra más larga, Gilles, se pierde en los meandros neurasténicos de sus elucubraciones fascistas.
Pero en la distancia corta, ah, amigos, en la distancia corta es otra cosa: sutil, lírico, plástico, exquisitamente sensible en el bosquejo de atmósferas, cruelmente eficaz en los retratos psicológicos. Y lo más excepcional: Drieu escribe, como Scott Fitzgerald, con la elegancia mágica de los perdedores literarios.
Hoy he vuelto a ver la maravillosa adaptación que hizo Louis Malle de El fuego fatuo: ¿quién iba a decir que de las últimas horas de un pijo depresivo tentado por el suicidio pudieran sacarse dos horas de película? Con el talento de Malle, por supuesto -qué maravillosa elección, por ejemplo, la de las Gymnopédies de Satie para la banda sonora de la película-. Pero antes que nada, con el talento herido de Drieu La Rochelle.
Drieu que, al final, fue al encuentro de la muerte. Una muerte algo cobarde, me dirán ustedes -los Aliados habían liberado París y sonaba la hora de la justicia para los colaboradores del nazismo-, una huída hacia delante, no tanto un último vals como un matrimonio de conveniencia.
Se lo merecía. Lo que no se merece, aunque nos pese, es que El fuego fatuo caiga en el olvido.
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