En el principio era el verbo. Luego el verbo se hizo digital y empezó a interesar a los hackers. Digo “hackers” cuando debería decir “crackers”, que son los malos de la película, porque la de hacker es una profesión muy respetable que no consiste en difundir virus informáticos sino en prevenirlos, entre otras cosas. Pero a lo que vamos: el otro día Actualitté publicaba una interesantísima entrevista con Jean-Philippe Bichart, portavoz de Kaspersky Lab, los creadores del estupendo antivirus Kaspersky. ¿El tema? Ebooks y seguridad.

Se habla mucho de piratería en relación a los ebooks, y es inevitable, visto el estropicio generado por la red en la industria musical y las pérdidas multimillonarias de la cinematográfica. Pero hay un tema que se menciona poco y no deja de ser preocupante: el de los virus o troyanos informáticos, porque a partir del momento en que la literatura se digitaliza, pasa a depender de soportes de lectura que son tan vulnerables como cualquier PC a la acción de los crackers.

Es más: si bien los lectores de tinta electrónica o e-ink son por ahora minoritarios y poco tentadores para los crackers, el previsible triunfo de la inminente tablet de Apple (¿iSlate?) puede suponer un cambio drástico. Sí, los Mac se han considerado durante mucho tiempo a salvo de los virus informáticos, porque eran un producto minoritario. Pero los iPod, los iPhone no son minoritarios, y la tablet, a medio plazo, no está llamada a serlo. Y los productos Apple se asocian además a un consumidor de alto poder adquisitivo cuyos datos bancarios pueden ser de interés para los crackers.

El problema de los virus informáticos viene agravado por la piratería, y en eso los ebooks no van a ser la excepción: cuando uno se descarga una app de iTunes, sabe de dónde viene el fichero, pero los miles de ebooks pirateados que cabe esperar ver multiplicarse en la red conforme se popularicen los lectores digitales son el vehículo idóneo para la difusión de virus y troyanos.

Las implicaciones inmediatas pasan por la avería o inutilización del soporte de lectura, pero a Bichart se le ocurren otras más literarias:

“admitamos que se lleve a cabo un ataque contra una base de datos que contenga libros digitalizados. El pirata, motivado por cuestiones ideológicas, decide borrar algunos pasajes de un libro, o suprimir palabras en concretos, referencias… De hecho, podría alterar completamente lo que constituye un patrimonio cultural. El archivo corrupto se clona, se multiplica, y se desemboca en un Voltaire que podría afirmar sin ironía que Dios existe. Hasta ahí la cosa es divertida. Pero las implicaciones no se prestan a risa.”

Qué fantástico argumento para una novela de Philip K. Dick: un cracker se mete en la Biblia o en el Corán y sus seguidores acaban adorando al Montruoso Espagueti Volador. A un virus así estaría fantástico llamarlo Voltaire, precisamente. Lo que el señor Brichart parece ignorar es que Voltaire nunca fue ateo. Y es que lo importante, dicen, es creer en algo, aunque sea tan absurdo como que Apple está a salvo de los virus informáticos.

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